Literatura de Subsistencia
El sujeto del conocimiento histórico es la clase oprimida misma cuando combate

Parte uno. El hombre que siembra

El hombre que siembra esta oliendo la tierra.

Hay una metafísica en cada planta,
el hombre que siembra escucha su sonido.

Las semillas deben estar enterradas
a una profundidad del doble de su tamaño.
De no ser así, puede que la planta no nazca,
no crezca, no de frutos, no semille.
El hombre que siembra, a esto lo tiene bien claro,
y sufre cada vez se equivoca.

El hombre que siembra
rompe las piedras de tierra seca
formadas por el exceso de sal, por el exceso de sodio.
Para mezclarla con una más húmeda y sedimentada. De este modo
la tierra nunca se pierde, nunca está maldita:
el único desierto es el de uno y su clase.

El hombre que siembra tiene un cuaderno
donde habla de algunas cosas.
“Hoy encontré el sauce
quemado por un vaso de whisky.
Le hice una poda de ramas y brotes muertos,
removí y cambié su tierra; lavé sus raíces.
El sauce sabrá como continúan sus días,
sus nuevas cicatrices y su fuerza que duerme
deberán significar un nuevo aprendizaje
en este punto donde el tiempo ha detenido el crecimiento”

El hombre que siembra recorre los viveros
con seguridad.

Matas altas, follajes verdes.

Con los brazos cruzados en la espalda
mira los detalles, los dibujos de las hojas, de las ramas.
Las plantas necesitan una mirada cercana
para entender su linaje.

El hombre que siembra observa las plantas de su balcón
atacadas por una peste estacional y también a sus vecinos discutir
en el edificio de en frente.
Recuerda como creció ese niño
como creció ese niño que tira cosas por la ventana.

El hombre que siembra calcula los años de los árboles
que están en la vereda. Y escribe su edad sobre el asfalto
con un pedazo de ladrillo.
Después vuelve a pasar y corrobora su cálculo.
A veces tacha el número viejo y a su lado escribe el nuevo,
a veces le suma un dos, un tres en la unidades,
siempre con un bloque de ladrillo que cabe en la palma de la mano.

El hombre que siembra se arrodilla.
Apoya una mano sobre el suelo, la cierra
y levanta un puñado de tierra que lleva
hasta su cara y huele.

Puede entender como algunas cosas cambiaron.

Después piensa. Solo piensa.

Parte dos. El hombre que cuida

El hombre que cuida
está cuidando su ciudad.

Hace cuentas en una servilleta
con una lapicera que no marca los números.
Entonces la sacude y hace círculos
continuos en otra servilleta hasta que la tinta se desliza, fluye
y se dibuja lo que podría ser un resorte.
Hay una chispa en la punta caliente
de esa lapicera y nadie la ve.

El hombre que cuida
está cuidando su jardín.

Justo antes de dormirse
le vienen presentimientos
que desaparecen cuando los quiere entender.
Y se queda en la oscuridad sentado
con la manta hasta la cintura. La otra tarde
hizo unos ejercicios
de memorización con unas monedas chinas.
Esta convencido que muchos mensajes
vienen a su mente y debe descifrarlos.

El hombre que cuida
está cuidando su bicicleta.

Dejó de creer en algunas cosas.
Pero las sigue haciendo por miedo.
Prefiere el inofensivo ritmo de los días repetidos.
Ahora esta en su sillón viendo películas de karate
dobladas al español,
mientras piensa un gesto hambriento para la posteridad.

El hombre que cuida
está cuidando el paredón

Algo le pareció moverse
y por eso está afuera con el torso
descubierto alumbrando con una linterna
repitiendo en voz alta:
- ¿Quien anda ahí? ¿Quien anda ahí?

El hombre que cuida
cuida su bolso.

Duerme en un sillón
que es más cómodo que cualquier cama.
Cuando se acuesta muy tarde lo hace
con el uniforme puesto y adelanta los relojes.

El hombre que cuida
está cuidando su cuerpo

Hay que mirar a los que se mueven en los estantes.
Hay que mirar a los que están afuera.
Hay que atender el sonido de la alarma.
Hay que subir persianas y abrir puertas.
Hay que saltar los detalles de la vida ordinaria.
Hay que aceptar la luz artificial.
Hay que juntar leña al costado de la ruta
y mirar al viajero que pasa.

El hombre que cuida
está cuidando a su hija

Algunas tardes se pregunta si todo eso
que está ahí en frente es cierto.
Si todo lo que se levanta realmente está alzado
sobre la altura de sus ojos.
El secreto es adecuarse al malestar social
de la cultura. Y de esa forma ser invisible.

El hombre que cuida
está cuidando su colección

Le gustan las pastillas sabor a frambuesa.
Y manda al cordobés a comprarlas
porque no puede abandonar su puesto de servicio.
A veces el cordobés se hace el sordo, el que está
pensando en otra cosa, el que está escribiendo un poema,
el que se mira reflejado en los vidrios.

El hombre que cuida
está cuidando la navidad

En el televisor un tipo toma a otro del cuello
y le rompe la nuca.
Después, parte en dos una mesa,
salta por una ventana
y cae al mar.
El hombre que cuida piensa:
desierto no es igual a vacío.

Parte tres. El hombre que limpia

Hola ¿Cómo va?
Esta es la historia
de un hombre que limpia.

Ese que va ahí es el hombre que limpia.
¿Lo ven?
Va en su bicicleta plateada
y siempre con bermudas.

Al hombre que limpia por las tardes le duele
la cintura de tanto trapear.

El hombre que limpia piensa poemas mientras limpia.
¿Por qué piensa poemas el hombre que limpia,
si no es poeta? Nadie sabe que es el hombre que limpia.

Ayer
al hombre que limpia lo llamaron por su nombre.
Y lo mandaron que mate a una araña en su tela.
El hombre que limpia recordó la vez que un alemán vio
que azotaban a un caballo e insultó al cochero,
y lloró abrazado al animal.
Cuando nadie lo miraba se guardó la araña muerta en el bolsillo
delantero del uniforme y después le rindió sepultura
en una maceta del balcón.

El hombre que limpia se la pasa solo.
Ahora tiene compañía.
¡plop!
Ahora no.

Así es como se respira:
shshshshshshshshshshs
uhuhuhuhuhuhuhuhuhuh

El hombre que limpia juega con un gato.
Un gato medio mogólico que a veces quiere,
a veces no.

El hombre que limpia no come,
no duerme. Cuando no limpia, es como
si tuviera el diablo dentro.

El hombre que limpia oye voces y se
saca fotos desnudo.
¿Quieren saber que dicen las voces?
Se los digo mas adelante.

Bueno, está bien, las voces dicen:
“estuvo con todos esos, estuvo con todos esos”
o si no ”nada es tan grave, nada es tan grave”
o “ya va a escribir, ya va a llamar, ya va a escribir, ya va a llamar”
y a veces ”el desaguadero corría solo de noche”

El hombre que limpia habla con sus héroes por teléfono.

“Yo no soy un hombre de palabra”
dice el hombre que limpia
“Yo soy un hombre de limpieza y con eso
muelo el trigo”

A veces el hombre que limpia
se sienta en el piso de los baños que limpia
y piensa cosas. Piensa en la chica dark que le deja
mensajitos en la bici, en la educación pública,
en la pobreza de sus padres
y otras cosas menos inquietantes
como que tiene que arreglar la persiana
o comprar una nueva lapicera.

El hombre que limpia se droga.
Pero shhhhhhh. No se lo digan a nadie
porque la gente piensa cualquier cosa
y tampoco se preocupen, su compañera evangelista
quiere salvarlo del camino errado por el que avanza
y ora por su suerte todos los domingos en el templo.

El hombre que limpia baldea la vereda
y se divierte mirando como las personas con más plata
se salpican el agua negra
de las baldosas flojas.

El hombre que limpia mira películas
donde hay hombres como el hombre que limpia
y llora.

El hombre que limpia ve todos los días pasar
a una mujer con su hijito. Y la imagina
desnuda y fantasea con limpiar, alguna vez, su casa.

“¡Ay! Hombre que limpia, sos lindo, pero tonto”
le dice la chica Dark

El hombre que limpia da vueltas en bicicleta
a la manzana de su casa
como Leopoldo Bloom y en su cabecita
una pequeña luz de resentimiento crece y crece.

Para que lo sepan:
el hombre que limpia
limpia y un hombre que limpia borra
y lo que se borra plop: desaparece

Parte cuatro. El hombre que sirve

Ese hombre que sirve dobla las servilletas.
Quedan triángulos blancos de perfección acolchada
y así encara los días con cansancio y paz.

Las servilletas vienen de los árboles
así como la lluvia viene de las nubes.
Sigamos muchachos. Sigamos por este sendero
que es seguro. Atendamos a las pequeñas
señales que nos da la vida
y nunca dejemos de doblar las servilletas.
Muchachos. Las servilletas.

Cuando salimos al salón
no podemos tener los brazos cruzados
ni las manos en los bolsillos.
Es de manual. También es de manual
que a un padre nunca se le muera un hijo.
Y es de manual respetar y ayudar a los
que son más pobres.

Yo, cuando estoy en el salón
me cruzo igual de brazos,
pero en la espalda. Nadie se da cuenta.
Y avanzo entre las mesas levantando
platos sucios y servilletas y paneras vacías. Levantando pedidos
con las manos por detrás. Repitiendo de memoria
en la mente la plegaria.

Una vez entre las mesas se rompió una copa
y quedó una astilla tan pero tan filosa
que no pudo no incrustarse en la mano
de una nena. La nena no desesperaba,
ni sentía dolor. Yo la acompañé hasta el baño de damas
y le enjuagué su mano chiquita con agua helada
hasta que la sangre coaguló. Y pudimos ver a contra luz
la perfecta astilla brillando sobre el músculo.

Nunca dejemos de focalizar muchachos: la servilleta.

Estoy asombrado por las cosas que pasan
ahí dentro. Nunca voy a acostumbrarme del todo.
Como un bombero a los accidentes de autos
o un médico a las infecciones. Pero guardo silencio
y avanzo con la plegaria intacta y pura en la mente.

A veces sobran algunas tortas
o empanadas o alguna verdura
que en casa se pueda trozar y sartenear.
Mi madre me enseño muchas cosas:
a no tener vergüenza de la pobreza,
ni de juntar cosas de la calle, a tender la ropa dada vuelta
y a escribir siempre los números con letra.
Pero también hay cosas que no me enseñó
por eso mi patria son las servilletas.

A sido un día duro. Ya es de madrugada
y me duelen las piernas de estar
tanto tiempo parado. Yendo de acá para allá
de acá para allá. A veces me doy cuenta que no estoy repitiendo
la plegaria si no una canción que sonaba en la sala
y se me pegó. Entonces me golpeo con la base de la muñeca
en el costado de la cabeza y la plegaria vuelve
con su ritmo lento y continuo. Para entender las cosas
hay que dejar que se hundan.

Soy un tipo inteligente que piensa, que tiene ideas.

Y ahora es de madrugada y estoy cansado. Quisiera
saber que va a pasar mañana,
en que posición me voy a despertar. Si voy a tener un brazo
adormecido o un fuerte dolor en la garganta. Me gustaría
saber si mañana voy a poder hacer tantas cosas
como hoy o si simplemente voy a aturdirme con la música
que me gusta
encerrado en alguna habitación a oscuras.

Tengo más fuerza en los brazos que en las piernas
de tanto doblar y doblar servilletas. Servilletas haciendo isósceles
perfectos de tres ángulos agudos. Yo les digo a los muchachos
que no aflojen. Que nunca aflojen con las servilletas.
Que puede faltar comida pero nunca servilletas. Y que deben
estar dobladas, esperando la boca o la mano o la frente del próximo.

Parte cinco. El hombre que pinta

El hombre que pinta
otra vez soñó con el tigre.
Despertó empapado en sudor
y se quedo recordando algunas escenas del sueño
hasta que su remera se secó
y pudo volver a dormirse.

El hombre que pinta se sienta en la cama
y mira los libros rescatados de la inundación.
Uno, dos, tres cuatro, cinco, seis: seis libros.
Después se pone la ropa vieja
y empieza a pintar.

El hombre que pinta
está escribiendo la canción
de la sierra metálica.
La sierra de dientes intercalados
incrustada en la hebra.
La sierra que fisura el poste.

Después, vive como un rey
hasta que las paredes queden blancas.

El hombre que pinta
piensa en la metafísica del trabajo.
En el repliegue de las ondas
cuando esparce la pintura.

El hombre que pinta
se persigna cada vez que termina una pared.
En agradecimiento a la energía mística
que mueve su mano.

El hombre que pinta
tiene los brazos y la cara
salpicados de pintura.
Ahora está formando fila
con el almuerzo y la merienda
en sus manos.
Imaginar que todo estalla
es una suave brisa que enfría su mente.

El hombre que pinta
escribe con tiza: “astronomía,
aeronáutica y cohetería”
Escribe con tiza: “un rectángulo
de claridad emergía de la banderola”.
Escribe con tiza: “cada célula respira por su alma”.
Luego cubre todo con su brocha.

El hombre que pinta sube a la terraza,
coloca agua en recipientes metálicos
y se recuesta con los ojos cerrados
hasta que el sol los caliente.

El hombre que pinta
hace ejercicio.
Cava en la tierra con las manos.
Empuja autos que no arrancan.
Levanta tachos de pintura por las escaleras.

El hombre que pinta
hunde la cabeza en un balde
abre los ojos
y su vida se vuelve azul esmerilado.

El hombre que pinta
está soñando con el tigre.
Las glándulas sueltan el jugo
y su cuerpo se baña de un sabor extraño.

El hombre que pinta
trepa las ventanas,
calcula su salto.
Las coordenadas precisas
de la cinta adherida a los marcos.
Las botellas cortadas a la mitad
con pinceles en remojo.
Las verrugas en las palmas.
Un tatuaje disimulado
en el tobillo.