Papá colecciona piedras peculiares.
Las que forman cristales de cuarzo sobre el lomo
de su superficie parda y porosa.
Las que cambian de color cuando se humedecen.
Las que fueron pulidas por los indios
y una piedra negra que fue la que empezó todo.
La historia de esa piedra, suele ser,
siempre con alguna variación más o menos así:
Tengo dieciséis años. Camino por el desierto.
Nada fuera de lo natural, de acuerdo al globo
de posibilidades, que piensa y permite para sujetos
como yo, el aliento de la historia.
Y le digo: esta es la última vez que te veo.
Por eso me fui, para abandonar los silbidos de la noche
y la suave tierra roja del desierto entrando por las rendija de la puerta.
Al tiempo mi madre manda una caja con tres cosas.
Una biblia, una piedra negra del desierto
y una carta que termina: “No te olvides de volver”.
Ahora papá volvió al desierto.
Se mudó con sus piedras que ahora están
en el mismo lugar que los portarretratos
de plástico que tienen fotos de sus hijos
vivos y muertos. Y camina por las noches,
con una linterna en la mano,
hasta la casa de su madre para acompañarla en la cena.
