Mi papá puede realizar varias tareas
a la vez. Atiende a que los ñoquis floten,
fuma y espera
sentado frente al teléfono.
Faltan diez minutos para las doce de la noche.
La planta puede sentir si el hombre que la riega está triste. O simplemente
desea cosas que no se le cumplen.
Y papá la riega en la oscuridad cuando ya todos
los vecinos duermen.
Antes podía, a esta misma hora, ver un tubo fluorescente,
en el edificio negro,
pestañar varias veces antes de encenderse.
O al de atrás dónde todos los departamentos apagan las luces a la misma hora
o el que está a su lado,
en el que flamea la ropa tendida en el balcón.
Ahora vive en el desierto. Y hace calor.
Cuando regó las plantas. Vuelve en la oscuridad al interior de su casa,
se limpia los pies embarrados en un felpudo de paja
y se sienta a fumar otra vez y a ensayar mentalmente cartas
que algún día enviará a su hijo mayor:
“Se humilde y cortés, por donde
pases durante tu viaje. Cuidate y nunca lo olvides:
tu cuerpo pertenece a la revolución”
