Literatura de Subsistencia
Ifigenia en clínica Sarmiento

En la clínica Sarmiento, durante la siesta,
no atienden los consultorios. Toda la gente del pueblo
rápidamente ha desaparecido.

La sala de espera mantiene
acomodados en espacios repartidos,
parientes con sus termos de café,
sus canastas con galletas y sanguches,
atentos a la llegada de las seis de la tarde:
el llamado a las visitas.

En el fondo de la sala emite luces de colores
un televisor sin volumen,
sostenido, en lo alto, por una estructura metálica.

Los temas de conversación se acaban rápido y el silencio
carga el aire de una densidad atmosférica
que hace notar
la gravitación de una fiebre
cada vez que se inspira.

Eso que todos miramos
es un médico que irrumpe en escena
a paso firme
y rápido desaparece
por una puerta que bambalea.

A papá lo acompaña su nueva mujer,
y lo abraza.
En la novela que leo,
durante los momentos que salgo a tomar aire,
el protagonista
siempre le pide a su nueva mujer que lo abrace:
puedo entenderlo.

El desplazamiento del viaje es la euforia. Luego está
el primer contacto con la tierra.
Yo creía en dios, pero en la escuela me lo limpiaron.

Los bancos son de cinco asientos soldados uno al lado del otro,
estoy en el último de esos cinco, lejos de la escena familiar,
encargado de cuidar los abrigos
que reposan sobre un gigantesco bolso azul.

Puedo ver a Ifigenia vestida de blanco bailando entre la gente.

Olegario murió un día frío.
No lo eligió.
Esperaba que reestablecieran los recorridos del tren
para encarar sus viajes: él solo viajaba en tren.
En su casa aguardaban tareas sin terminar.
La poda de la parra era lo más urgente.

Los pasajeros miran al frente
sentados sobre sus asientos
mientras alguien,
en algún lugar, toma envión y salta
a un precipicio.

En la clínica la vida es pública.
La habitación es sala, porque es pública.
Los baños son públicos.
Las sábanas hoy cubren su cuerpo
y mañana, luego de que se laven, desinfecten
y planchen, quizás el de una adolescente hermosa
o el de un viejo tuberculoso, porque son públicas.
Olegario esta entubado con un tubo público
que será sacado y esterilizado cuando ya no sea necesario
enviar aire a sus pulmones.
Olegario, desde que entró a la clínica,
ya no es de su familia,
es de todos, porque es público.

Ahora, hermanos
y nietos se turnan en la semana
para visitar a María que quedó sola.

Los perros lo buscaron por más de una semana,
olfateando sus pertenencias y sus lugares dentro de la casa.
Después se dieron por vencidos y aceptaron la materia
que queda con la sensata felicidad del animal.

María cocina todo el tiempo. Para tapar,
con el sonido de las ollas, la cantinela
encadenada de su mente, para alimentar
a las visitas y sus recambios.

Cuando una mujer enviudece
llega una etapa de esplendor en su vida,
llega de una vez por todas: el fin de la cosecha.

Yo también colaboro
con la reconstrucción del reino abandonado.
Hoy desde temprano arranqué malezas fuertemente enraizadas
en la áspera y dura tierra de un sitio, para la siembra.

Quizás melones.

En este momento descanso bajo la sombra de la parra.
Una niña que se desprende, con velocidad, de su madre, cae.
Empieza el llanto y la madre recorre el mismo trayecto
del accidente en su ayuda, la alcanza, la levanta
la tranquiliza y le lava la herida roja de la pierna
en una batea para enjuagar ropa.

Hace unos días que el desierto ya no me gusta.
Toda sombra es el cielo.
Cada árbol una batalla.
Este sol, estas ampollas: algunos hombres son lo que dicen sus manos.

No fuimos lo buenos amigos que cualquier niño desea.
Había un telón de hierro protegiendo los dientes.
Atravesamos campos, momentos, ríos sin agua.
Y recién empecé a escuchar tus historias de grande.

Hay cosas que parecieran no tener lugar en el mundo.

Con la muerte de mi padre haré un cerco.